Memphis Blues Again

sábado, septiembre 13, 2008

Plegaria del náufrago imposible

Soy un náufrago imposible. Lo he intentado en todas las formas a mi alcance y siempre, siempre, fui rescatado a las pocas horas. Sentir el sol quemando mi piel, el fuego abrasando mi garganta y esforzarme por no beber todo el agua del océano. Una barba larga y enmarañada, unos ojos prestos a ver espejismos con forma de palmera sobre una isla solitaria, apenas suficiente para mi sombra y mi Viernes particular llegado el caso, son mi ideal de belleza.

Pero mi sueño nunca se ha hecho realidad. Ya de niño fui rescatado en la piscina infantil pese a aferrarme a las escalerillas suplicando piedad. Como preadolescente mis padres aprendieron a evitar los destinos costeros después de que una barquita a pedales me llevara de vuelta a sus brazos tras alzarme de un pequeño tablero de madera al que me asía.

Vivir en el silencio más absoluto, sólo roto por el rumor monótono de las olas, hasta que en la lejanía se divisa una pequeña columna de humo que anticipa mi rescate. Ese momento, la incredulidad de los pasajeros ricos del trasatlántico que me suponen leproso o buen salvaje, la amabilidad del capitán que me toma bajo su protección y me presta sus mejores ropas y los servicios de su peluquero para adecentar mi torva mirada y sentarme a su elegante mesa. Mis primeros pasos tambaleantes por la falta de costumbre tras días de inmovilidad forzada (tan exigua era mi isla) y mis ojos deslumbrados por la iluminación eléctrica.

No es la fama del rescate lo que me atrae, tal vez sea tan solo un interés como el de los que, en un mundo capaz de fabricar miles de cordones en apenas una hora a un precio irrisorio, dedican su tiempo a ir de feria en feria enhebrando lino para confeccionar toscos cordones y recuperar así antiguos oficios ya casi extintos. Pues bien, reivindico mi labor, recuperar el oficio de náufrago.

Mis padres sustituyeron la bañera por ducha, incluso la cisterna del retrete fue sacrificada por mi seguridad. Todo ello no impedía que, en casa de amigos, pudiera escabullirme y, raudo, encerrarme en sus bien dotados cuartos de baño donde me arrojaba de cabeza en aquellas maravillosas bañeras hasta que, a la llegada de mis padres, alertados por una llamada desesperada, me tomaban de la mano avergonzados y, dejando un rastro de agua, me llevaban devuelta a nuestra casa, tierra firme continental.

Esta vocación me impidió culminar cualquier intento de noviazgo duradero pues, antes o después, intentaba declarar mi amor en el lugar en que más seguro me sentía, las barcas del lago en el parque de la ciudad. Si la respuesta era positiva, o si no lo era, terminaba tirándome de cabeza al agua y ahora, podría recordar el número de mis declaraciones por el número de multas recibidas en dicho parque y que atesoro como la mayor de mis pobres posesiones, junto a la colección de traducciones del Robinson Crusoe y la reproducción del Titanic.

Así que, si tiene piedad de mí, no me vea, no me busque, no haga caso a mis señales de humo, son parte de la escenografía, hágame sufrir un poco, recorra alguna de las islas vecinas y vuelva mañana, las plantas de mis pies estarán más desolladas por andar sobre troncos cortados (sí, ya he desistido de fabricar una balsa que me saque de aquí), mi barba lucirá más luenga y entre su maraña esconderé una pequeña caracola. Oportunidades como ésta, sólo hay una en la vida.

sábado, abril 05, 2008

Noticias de este mundo: Ciudades de Sombra

Con ojos tristes me asomo a tu noche blanca de invierno para no pensar en el calor de las chimeneas. Mis tristes ojos vagan por las ventanas donde sombras negras cobijan la figura de hombres, de mujeres, asomados a la misma ventana, en la misma ciudad, ciudad de cristal y hielo.

Ciudad de cristal herida por la luz, acuchillada por el ojo insomne, te prestas envuelta en delirio a mostrar tus atestadas calles vacías, tus edificios huecos sin vida. Y en medio del asfalto, fuera de la luz de los focos, los hombres cavan con sus manos agrietadas en busca del sustento, construyendo hilos para huir de ti, ciudad de cristal.

La noche es clara y brillante en tus avenidas, luciérnagas son quienes las transitan, ahuyentando con su mirada el lento paso de la manada, guiando sus pasos hacia cementerios sin luna; pero tus días son grises como el brillo metálico de las alambradas y las torretas, tus barreras, ciudad de cristal.

Bajo las sombras imponentes, donde no alcanza el rayo de sol extraviado, donde el aire huyó perseguido por el tubo de escape y la máquina derrotó a la brisa, las manos se afanan por acariciar el rescoldo del carbón de tus aceras, reteniendo cuanto no ha tocado la línea recta trazada sobre la sombra de las almas, ¿qué fue de vuestra alma, ciudades de cristal?

Dentro de tus túneles invisibles crecimos seguros del tiempo que nos era concedido, confiados a tu Ley, escrita en marquesinas y quioscos, en paredes profanadas. Pero, roto el cristal, rota la magia, nuestras cabezas asomaron al viento y al fuego, a las piedras y a la arena, materia del principio, pero no al agua o a la jungla, no al manglar que acoge a las bestias, al desierto sin huella.

Paisaje inerte y yermo, vacío sin rasgo, no es música lo que oyen mis oídos, no es perfume lo que inunda mi olfato, la rabia del estiércol y la carcoma es tu norma. ¿Quién limpiará tu maltrecho espíritu, ciudad de cristal?¿Quién tus calles y tu nombre?

Pero es tarde ya, indiferente a las maldiciones, ignorante de nuestras lágrimas, te extiendes plácida en estas horas. Y es tarde ya para buscar el surco en la tierra, la brizna de hierba prendida a tus adoquines o el secreto sendero del viento entre tus rascacielos. Con parsimonia cierro mi ventana, despidiéndome del viento frío, de las estrellas sin aliento, hasta otra noche cualquiera.

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domingo, enero 20, 2008

Noticias de este mundo: El hombre que olvidó su nombre

Desde la mirilla, guiñando un ojo –triste ironía, “hasta luego” último- veo cómo sale la viuda, precedida por su hija, tan parecida a ella cuando tenían la misma edad y se conocieron. No se oyen pasos, sólo algún golpe contra la pared anuncia la salida de la caja, el ataúd, el último refugio que sale envolviendo el cuerpo de un amigo, mi amigo.

El ataúd desfila ante mi puerta pero ya no lo veo, como tampoco oigo el llanto de la viuda o el gruñido a deshora, impertinente, del mozo que trata de hacer girar la caja para que pase sin rozar la madera delicada al tiempo que se apaga la luz del descansillo. Nadie parece tener prisa en encenderla de nuevo, la viuda desconsolada espera que otros tomen cuidado de ella, los empleados no pueden dejar su carga, la hija no tiene fuerza de voluntad para un esfuerzo tan grande. Y en la espera, mis ojos descansan, miran al horizonte, más allá de paredes y puertas, más allá de edificios muertos, pero no tan lejos para que a mis oídos no llegue el sonido de la risa de los niños, el golpear de las olas en una inmensa caracola en casa de mis abuelos, o el roce de una tiza en el encerado.

Compañero de escuela y de vida, me seguiste en la tormenta, no para ver dónde acababan mis pasos, sino para guiarme de vuelta si me perdía. Los pasos inciertos de un niño deben ser acompañados por los de otro niño con quien compartir una aventura. Y así, corrimos por campos verdes, tiramos piedras en el río (y a los rosales de las madres) y aprendimos el nombre de sentimientos que otros apenas adivinan. Mano sobre mano construimos ciudades, construimos castillos, y ya con el tiempo, construimos casas, éstas de verdad, con puerta y tejado.

Hermoso es el tiempo vivido si de él sólo quedan recuerdos hermosos. Conocimos mujer y, entre cuatro, fuimos el Mundo. Y llegó una guerra y llegó la paz. Llegó el hambre y la enfermedad, la ropa remendada y la verdura plantada en el alfeizar de una ventana. Y juntos huimos a una ciudad y a otra ciudad donde nos quisieran emplear.

En el descanso nos sentábamos al sol, rama seca eran ya nuestras piernas pero aún nos llevaban de vuelta a nuestras cocinas. Y la mañana más fría llegó por sorpresa y al decir tu nombre no me atendiste, te llamé y no te sentiste llamado. Olvidaste tu nombre igual que olvidarías el mío, el del pueblo en que nacimos y el de las cosas que te rodeaban, las que comías, las que tocabas, cada día con cara de extrañeza descubriendo su uso. Y te guié, como en mis primeros años hiciste tú, en ese nuevo despertar de cada día, cada vez un poco más lejos de nosotros, más cerca de aquellos que fuimos.

Rodeado de atenciones te limpiamos, te hablamos sin esperar respuesta, adivinábamos tus sentimientos y poníamos voz y sentido a tu secreto lenguaje. Cada matiz, cada parpadeo eran observados como un libro abierto, enciclopedia de toda una vida. Cada mañana te visitaba y creía escuchar el eco más lejano, más hueco de mis palabras en tus oídos. Cada vez un poco más lejos de aquellos que fuimos, más cerca de quienes aún no han pisado el verde césped de este mundo.

Y te fuiste, aunque seguiste un tiempo a nuestro lado. Preferiste el sonido del viento afilado a la charla de unos viejos que sólo hablan de recuerdos, preferiste el andar pausado de quien aprecia el milagro que supone cada pequeño paso en la vida, frente a quienes nos quema el tiempo en las manos. Preferiste los sonidos que nadie entiende pero que todo lo dicen pues no se expresa con palabras la humilde verdad que contiene el mundo.

Y te fuiste.

Ya no se oye ruido alguno en la escalera. No abrí la puerta, no hice ruido, espié los movimientos y contuve el aliento para no empañar la lente. No me gustan las despedidas, me excusé ante la viuda con ademán infantil, y ante mí mismo me excusé, tengo miedo, sí, miedo. Un temblor recorre mi cuerpo, nace de las plantas de mis pies y eriza mis últimos y solitarios cabellos, es el miedo quien reclama mi cuerpo y mi voluntad, es el miedo, sí.

Muevo los pies, las piernas que han quedado dormidas y, ya solo, pionero en mi hogar, enfilo el largo pasillo y franqueo lentamente la primera puerta a la izquierda y en las manillas del lavabo un papel sujeto con cinta adhesiva dice caliente, y otro dice fría. Siento el golpe helado en mi estómago y vuelve el temblor a mis manos. Levanto la cabeza y miro donde un papel me dice con letras grandes espejo y observo al hombre que se asoma a mirarme, y me fijo con esmero en la etiqueta que lleva adherida en su chaqueta, con cuidadosas letras escritas para ser leídas de derecha a izquierda, Gonzalo leo en el espejo, lo pronuncio alto y claro, y es como si viviera el bautizo de mi primer día.


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jueves, noviembre 15, 2007

Noticias de este mundo: La mujer maltratada

No es en una ciudad extraña donde nadie se conoce y todo es posible. Ni en un país lejano donde la vida vale tanto como el alimento de una noche. No llegan de allí los ruidos y los golpes. Es en tu casa, en tu salón, sonando más fuerte que la voz del locutor del telediario. Hoy la noticia llega atravesando la pared, surge ante ti, sorprendido de ver la violencia del mundo vibrando fuera de una pantalla. Bajas el volumen para escuchar, apagas también la luz, oyente clandestino. Y lo escuchas más claro y más cerca, y sientes los golpes como una punzada en el estómago, paralizado, atenazado. En ese instante preciso pierdes la noción de tu cuerpo, te elevas, flotas; el miedo es libre y es ágil, se mueve sin pausa, te arrastra al otro lado de la pared.

Y ves un cuerpo caído en un pasillo, la cabeza sobre un pequeño charco de sangre, entre botones arrancados, y escuchas su llanto callado, manso, acostumbrado a repetirse una y otra vez, esperando que algún día llegue el último día. Y ese llanto te cuenta al oído los secretos que nunca quisiste oír, te habla de un niño que duerme en la habitación, ajeno a la furia, que ama a su madre, que quiere ser como su padre (¿llegará a serlo?). Y entre los dientes rotos se escapa un silbido a cuyo son bailas esa terrible y extraña danza de quienes viven atados a esta rutina, a este drama, ante la indiferencia del mundo. No hay barrera más alta ni mejor defendida que la puerta de una casa. No hay secretos mejor guardados que los que se sellan con un golpe certero. No hay mayor fuerza que el miedo y el terror para someter al débil.

Flotando, como en un mal sueño, sigues al hombre saliendo a la calle, dejando un rastro de alcohol barato, jadeando por el esfuerzo. La noche es oscura pero sus pasos son seguros, le guían al bar o a la taberna, a la bodega, a donde quiera que haya otros hombres. Ante el mostrador recupera el aliento, calma su impaciencia, y vaso tras vaso yergue su cabeza para que el mundo vea sus ojos empañados, sus ojos que apenas ya ven, y en voz alta cuenta a sus vecinos de barra, a los que se cruza cada mañana, a los que saluda en el ascensor y a los que cede el paso con educación y respeto, que a él nadie le levanta la voz, que a él nadie le desprecia y que a él se le pone un plato caliente cuando llega a su casa. Y todos le miran, como cada noche, buscando las manchas rojas en su camisa, y todos callan, asintiendo en silencio, encubriendo, cobardes fuera de su casa, valientes dentro.

El asco y la náusea te conducen de nuevo a la calle, donde puedas respirar el aire fresco de la noche, donde puedas arrancarte ese pesado sentimiento. Y recorres el camino de vuelta, contando las baldosas en la acera, retrasando el paso mientras tus pensamientos toman forma y dan salida a la ira y la impotencia. Dan salida a un canto que no viene de ti aunque a través tuyo se exprese, que nace de las gargantas rotas de miles de mujeres. Ese canto surge sereno y confiado, tantas veces repetido, contigo sube escaleras y contigo atraviesa una puerta y contigo se arrodilla ante el cuerpo exhausto, agotado. La melodía se abre paso entre su pelo enmarañado, penetra por sus oídos y retumba en su cabeza de donde ya no saldrá. Y las notas atrapadas acunan su dolor y calman su desesperanza, luminosas notas en este concierto fúnebre, diciéndole así:

"No es hombre el que levanta la mano a una mujer, a un niño o a otro hombre. Su mano, desnuda o armada, no nació para romper vidas sino para guiar el paso, señalar estrellas o dibujar caricias. Árbol del camino, su fuerza es la sombra que procura no la rama que azota. Pero tampoco es un hombre quien sin usar la mano asesta golpes, sin usar sus piernas reparte patadas; con su boca o su mirada hiere como un cuchillo, el filo del desprecio también tiene brillo asesino.

Y si ocurre, si la locura y el desdén, el odio y el trueno se adueñan de un hombre, no lo olvides, sólo tú conoces lo que te depara cada mañana. Has visto esas barcas amarradas a las rocas cuando ruge la tormenta, sus tablas rotas son tus dientes y tus ojos, tu pelo y tus brazos golpeados y dislocados. Corta la cuerda, córtala tú ahora, sal a mar abierto y deja que las olas besen tus heridas, que el sol saque brillo de tus lágrimas y que el aire salado llene tus pulmones de risas y suspiros, ahoga el lamento que asfixia tu alma. Que el agua de lluvia alivie la hinchazón de tus labios y la húmeda brisa refresque el párpado amoratado. Que ningún canto de sirenas te aferre a esta orilla maldita, que nadie te engañe más. Naciste para amar y ser amada y sólo odio recibiste, nada debes, todo te es debido.

Y cuando amarres al abrigo de la tormenta, más sabia y hermosa, más fuerte que el más fuerte de los cobardes asesinos, muéstrate al mundo y enseña a tus hijos que no hay hombre que pueda vencer al viento, que no hay odio más temible que la muerte y que el primer golpe nunca será el último, el último será el que te mate. Que vuelen, que naden, que repten, luchadoras toda su vida, toda la Historia, que luchen por su vida y la amarren lejos de las tinieblas".

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lunes, noviembre 05, 2007

Noticias de este mundo: Un niño abandonado (II)

Fuiste engendrado del dolor y de la angustia. De tu alimento hiciste mi hambre y de tu presencia una sombra que huía. Las patadas de un hijo son caricias para una madre, las tuyas sólo un recuerdo de otras patadas y otros días. Y crecías débil pero constante, te aferrabas a la vida mientras me desprendía de la mía. El miedo creció en mis entrañas y contigo bailó su extraña danza, engarzado a tus miembros, aferrado a tus manos, mi miedo fue tu primer compañero de juegos. Mis lloros, la música que hacía de nana mientras mis nervios te acunaban en mis entrañas.

Cuando surgieron los pliegues que hoy son tus orejas aprendimos a escucharnos y entonces sentí nacer otro miedo mientras se acercaba el día que todas las madres esperan y anhelan. Soy ignorante pero sabía que el tiempo se acercaba, la naturaleza es maestra de urgencias y con dos mujeres secas y agrias, sin cara, sin nombre, sin vergüenza, en una habitación oscura y remota nos vimos por primera vez y lo supe. Supe lo que debía hacer y supe de lo profundo de mi dolor y que no manaba de la desgracia que me trajiste ni de la vida que perdí por darte la tuya. Mi dolor era oscuro y denso, pegadizo como el frío en un sótano. Y supe que no era digna de mi hijo.

Y sé dónde guardo la imagen de tu cara arrugada por tu primer llanto, el color de tus ojos cuando sorprendido me miraste durante un segundo (¿guardará él mi recuerdo?), en ese hueco que abriste a golpe de latidos, que hiciste tuyo y que no volví a llenar, como la habitación intacta de un joven muerto en una guerra lejana.

Envuelto en un hatillo, como una peregrina de la muerte, crucé la laguna para devolverte al mundo, y te he dejado miles de veces, bajo el torno de un convento, en los brazos de un madre que no lo ha sido, en los portales de los ricos o en la humilde puerta de los pobres, nadie sabe dónde habita la felicidad para un hijo que se abandona.

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lunes, octubre 22, 2007

Noticias de este mundo: Un niño abandonado (I)

A veces ocurre. En el asiento trasero de un taxi, ahogado por el atasco, o en la soledad blanca de un pueblo aislado por la nieve. Y leemos la noticia con sonrisa blanda, madre e hijo posando. Pero a veces ocurre. Entre chatarra y barro, charcos de goteras y luces de obra. En recónditos cajones que algunos llaman casa, a escondidas del mundo, con sigilo, sólo los desagües conocen sus secretos.

Y entonces aparece, envuelto con papel de periódico, y si fue afortunado, en un retazo de manta ensangrentada, entre bolsas de basura o en un portal con brillo de mármol o bajo la cruz (o quizá la luna) de una vieja puerta de madera.

Un madrugador que pasea a su perro quizá oiga sus débiles gritos, a un lloro de extinguirse, y una empleada del hogar, madre imposible, olerá la vida que se escapa, la que a ella no le fue concedida, y se abalanzará sobre la caja de cartón apoyada en la puerta de servicio. O quizá un clérigo afable, tras las primeras oraciones de la mañana, con manos inexpertas y temblorosas, tomará el bulto mirando a ambos lados de la calle (¿espera ver el destello fugaz del ala de un ángel?) apurando el momento al que renunció sin haber conocido su emoción.

Y esos ojos que lo espiaron todo, que enrojecidos aguardaron en la noche para proteger de peligros inciertos a quien se abandona para toda la vida, que quisieron asegurarse de que una mano limpia, sin sangre, sin odio, reconoce lo que se le muestra y procede como se espera, se cierran para ahogar una lagrima mientras al correr, las piernas recuperan el calor frío que nunca las abandonará.

Y leemos la noticia con movimientos secos de cabeza, temerosos de la maldad de este mundo en que una madre vuelve la espalda a su hijo. Pero, luego, más allá de nuestros ojos, en las duras noches de soledad o juntanza, la vida del niño, del hombre, avanzará bajo el signo de interrogación.

¿Por qué?


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