Memphis Blues Again

domingo, enero 29, 2006

Soledad Segunda

Su hijo aún no había nacido pero ya tenía nombre. Su hijo no había sido concebido y ya tenía su ropa y el marco de su foto. Su hijo no ocupaba un lugar en el vientre de su madre mientras ésta le cantaba las primeras nanas. Su hijo, expectante por ser llamado a la Vida, tenía un colegio escogido y el uniforme comprado. Sus estudios habían sido planificados para llegar a la Universidad, la misma Universidad a la que fue su padre. Su padre aún no sabía que lo sería ni había conocido a su madre. La madre vivía un sueño, con su hijo, su marido y sus suegros. Su madre creció sola y sola vivió. Junto a su lápida hizo tallar la de su hijo y su marido, muertos todos en el mismo día. A su entierro sólo pudieron ir sus suegros.


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domingo, enero 22, 2006

Soledad Primera

El hombre más solo del mundo se sienta a su mesa para escribir una carta a sí mismo. Sus dedos amarillentos toman la pluma por primera vez en su vida. Sus trazos temblorosos dibujan una fecha y el nombre del destinatario. El hombre más triste del mundo se muerde nervioso las uñas. Busca en su memoria recuerdos que contarse, alegrías y gozos con que esbozar la primera línea. El hombre más débil del mundo reposa su cabeza sobre su brazo derecho (el izquierdo aún se aferra con fuerza a la pluma), pensativo. Los ojos con menos vida del mundo se entrecierran hasta estallar en una única lágrima que salta de su mejilla; escudo es su piel. El hombre más aterrado del mundo aún no ha escrito su carta y la firma es una lágrima.


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domingo, enero 15, 2006

El Séptimo Día

"Pero, ratón, tú no eres tu camino
en vano intentas prever:
los planes mejor trazados de ratones y hombres
a menudo se tuercen
y no nos dejan más que dolor y tristeza
en lugar de la esperada alegría"

Robert Burns


Incluso los recuerdos más vívidos se pierden, pero sólo las palabras pueden atraparlos y hacerlos presente. Las palabras crean imágenes, reflejo del mundo que conocemos, pero no cambian el curso de los hechos. Por eso, a veces, hay que detenerse a tomar aliento y observar desde la distancia, como un pequeño dios, antes de volver a nuestros terrenales y rutinarios quehaceres con el horizonte despejado. Hoy es ese día de examen y revisión. Por eso hoy no hay historia, no hay bellas palabras, sólo ideas desnudas. Descanso en el Séptimo Día.


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martes, enero 10, 2006

El Sexto Día

La fila era larga y pesada. La abrían los hombres y la cerrábamos mujeres y niños. Polvo y viento eran nuestro único paisaje, sed y hambre las únicas voces. Los aparejos y las semillas se agolpaban en carros destartalados. Nuestros pies dejaban huellas en la arena, con la esperanza de encontrar el camino de vuelta, pero las madres nos obligaban a mirar al frente. Los recuerdos luchaban por abrirse paso a través de las lágrimas, pero con el paso de los días, nuestros ojos enrojecidos se acostumbraron a diferentes formas y nuestros labios pronunciaron nuevos nombres de estrellas y animales al tiempo que olvidábamos otros. Fuimos expulsados en el Sexto Día.


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domingo, enero 08, 2006

El Quinto Día

Un árbol enfrente de la casa servía de escondite a nuestros juegos. En el frío del invierno nos frotábamos las manos observando el vapor de nuestro aliento danzar tembloroso, calentando el aire que respirábamos. Sin saber por qué, froté mis manos entre las suyas y sentimos calor. Toqué su cuello y reconocimos un hormigueo. Unimos nuestras bocas y creímos vivir en el más dulce verano. Sólo sus gritos nos devolvieron a la nieve y el hielo. Conocimos el agrio sabor de lo prohibido en el Quinto Día.


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jueves, enero 05, 2006

El Cuarto Día

Los relinchos de la yegua nos atrajeron desde el vado del río. Inquietos, nos asomamos a la oscuridad del establo. El olor a paja y heno envolvía la escena de nuestros padres golpeándose la cabeza lamentando su suerte. Nuestra única yegua yacía desplomada. Con sigilo nos adelantamos al centro del establo, pidiendo silencio. Nuestras manos, sabias repentinamente, rebuscaron entre las patas de la yegua hasta encontrar una pequeña cabeza de la que tiramos sin atender los gritos a nuestro alrededor. A la cabeza le siguió un cuello, dos pequeñas patas dobladas, un cuerpo y otras dos patas temblonas. La Vida nos había sido revelada en el Cuarto Día.


lunes, enero 02, 2006

El Tercer Día

Jugábamos a escondernos entre los árboles, gritando nuestros nombres a la Nada. La luz aún nos sorprendía, así que confundimos con sombras las figuras que agitaban sus contornos ante nuestros ojos. Poco a poco reconocimos, desde algún lugar de nuestro recuerdo, las formas y sonidos que veíamos. El polvo levantado por los bisontes y las formas elegantes de los impalas; por detrás, la manada de cebras y, a un lado, emboscado, apenas visible, el leopardo. Nuestros padres, aturdidos por el estruendo, trataban de alejarse, pero les tomamos de la mano hasta hacerles acariciar la cabeza de un chimpancé. El sol brillaba bajo al final del Tercer Día.

domingo, enero 01, 2006

El Segundo Día

Caminábamos por la llanura desierta, adivinando sombras en las nubes. De una de ellas caía, lentamente, como un soplo de vida, una inmensa caja. Corrimos hacia ella, justo cuando tocaba suelo nos asomamos a su interior y allí estaba todo, las piedras y los cantos, los árboles y los ríos. Los repartimos por toda la llanura, primero cuidadosamente, una garganta y su desfiladero, un abeto y su sombra, luego con más confianza, las grandes montañas, los desiertos y los mares. Cuando acabamos de jugar, volvimos a casa olvidando recoger todo. Y así fue el final del Segundo Día.