El Viaje (II): El Cruce de Caminos
En el cruce de caminos donde el viento escupe piedras y los ojos lloran arena, el joven detiene su vehículo. Una mujer, olor a tierra y flores muertas, se acerca desde el polvo. Aprieta contra su pecho seco un bebé inmóvil. Su llanto inacabado se ahoga entre suspiros mientras pasa a su lado, ciega de ojos y sorda de oídos, hasta que sólo su sombra alargada se resiste a perder el paso. Otros fantasmas y otras mujeres se le agolpan en el recuerdo, y un lamento ya escuchado le susurra lento y confiado sus verdades.
El lamento le habla así:
"Ya no somos la luz del Mundo. Como una bombilla que ha querido dejar de regalar su luz, consumidos sus tiernos brazos por la electricidad. Sólo el brillo de la luna distingue el hombre de la roca. Ya no somos la sal de la Tierra. Las espigas crecen sin dar sombra a los peces que flotan muertos en el estanque. El pan no se cuece en nuestros hornos de leña y nuestras sábanas son pesadas y frías como alfombras de cáñamo. Ya no somos el espíritu que alienta la vida. Nuestros hijos crecen despacio, pálidos y fríos. La semilla no germina más en nuestros huertos y campos. Inertes entre lo inerte nos observamos con soberbia y miedo. ¿Quién alargará su mano?"
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