Memphis Blues Again

domingo, marzo 12, 2006

El Viaje (II): El Cruce de Caminos

En el cruce de caminos donde el viento escupe piedras y los ojos lloran arena, el joven detiene su vehículo. Una mujer, olor a tierra y flores muertas, se acerca desde el polvo. Aprieta contra su pecho seco un bebé inmóvil. Su llanto inacabado se ahoga entre suspiros mientras pasa a su lado, ciega de ojos y sorda de oídos, hasta que sólo su sombra alargada se resiste a perder el paso. Otros fantasmas y otras mujeres se le agolpan en el recuerdo, y un lamento ya escuchado le susurra lento y confiado sus verdades.

El lamento le habla así:

"Ya no somos la luz del Mundo. Como una bombilla que ha querido dejar de regalar su luz, consumidos sus tiernos brazos por la electricidad. Sólo el brillo de la luna distingue el hombre de la roca. Ya no somos la sal de la Tierra. Las espigas crecen sin dar sombra a los peces que flotan muertos en el estanque. El pan no se cuece en nuestros hornos de leña y nuestras sábanas son pesadas y frías como alfombras de cáñamo. Ya no somos el espíritu que alienta la vida. Nuestros hijos crecen despacio, pálidos y fríos. La semilla no germina más en nuestros huertos y campos. Inertes entre lo inerte nos observamos con soberbia y miedo. ¿Quién alargará su mano?"


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domingo, marzo 05, 2006

El Viaje (I): La Partida

Unas manos atenazadas luchan entre la crispación y el nervio roto. El joven sentado en la capota del coche rojo abandonado en la autopista desierta se encuentra ante las mismas estrellas que las luces de la ciudad le impiden ver desde su ventana. No es miedo, ni pesadumbre, cansancio eterno sobre sus espaldas. Tras de sí un río de cemento y hormigón le habla de lo que ya conoce, ante sus ojos se extiende una planicie ignota. Sus hombros se agitan convulsos, sus labios tiemblan y lentamente van dibujando palabras que acaban por formularse antes de ser pensadas. Y su dolor deja una estela de sonrisas congeladas mientras se adentra en la noche.

La voz le habla así:

“No quieras saber, no. El cielo esconde tormentas que enturbian tus sueños. No quieras oír, no. El viento aúlla entre las calles arrastrando papeles y colillas. Los hombres gritan en los tejados anunciando su salto, ciudad de Ícaros suicidas. No quieras tocar, no. La piel más suave esconde venenos mortales, retazos de amargor y escamas. No quieras oler, no. El agua del mar trae olas y trae mareas, sal y rezos de mujeres en la puesta de sol. No quieras ver, no. Las estatuas nos hablan más alto que los escribas; hay palabras que llegan más lejos si las dice el silencio y mueren antes de llegar a oído alguno. No quieras saber, no”


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