El Viaje (IV): La Confesión
Una vez se desvanece la nube de polvo, el viajero contempla tres figuras que descienden de sus monturas. En el tiempo del petróleo y la máquina, la sombra de un caballo en la arena es tan irreal como el afecto. Impelido por una fuerza que le domina comienza a narrar su viaje sin sentido y las palabras que ha oído. El hombrecillo se yergue y parece mirarle directamente a la cara reconociéndole. Sus palabras son nítidas y trazan aquello que su pensamiento aún no sabe formular. El más anciano de los hombres se acerca con paso tranquilo hasta acariciarle la cabeza como a un niño, mientras las palabras se agotan en su boca.
Y su súplica dice así:
"Hay noches que duran varios días. Alargas tus brazos para guiarte en la oscuridad, buscando sus límites, las fronteras del desagüe por el que ladran los perros. Noches frías en que las sábanas de lino semejan losas de mármol y los estampados son epitafios deshonrosos. Noches tan solitarias como la vida de un matrimonio triste, como la infancia de un huérfano de padres vivos. Hay noches secas como cuchillo de sierra, que atraviesa mientras rasga cuanto toca hasta separar con garra lo que nació para estar unido. Hay noches con sabor a vinagre y limón, regusto amargo difícil de endulzar".
Y su súplica dice así:
"Hay noches que duran varios días. Alargas tus brazos para guiarte en la oscuridad, buscando sus límites, las fronteras del desagüe por el que ladran los perros. Noches frías en que las sábanas de lino semejan losas de mármol y los estampados son epitafios deshonrosos. Noches tan solitarias como la vida de un matrimonio triste, como la infancia de un huérfano de padres vivos. Hay noches secas como cuchillo de sierra, que atraviesa mientras rasga cuanto toca hasta separar con garra lo que nació para estar unido. Hay noches con sabor a vinagre y limón, regusto amargo difícil de endulzar".
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