Mi posición dentro de la orquesta es frágil. Aunque ostento el título de profesor, al igual que el resto de mis compañeros, no se me considera a la altura de dicho título. Horas, días y años practicando con el violín, el piano o la flauta travesera, hasta alcanzar la cima artística parecen una desmesura ante lo que ellos creen un sonido simple para cuya emisión basta una práctica mínima. Incluso el director, tan elegante y educado con todos los profesores, esquiva mis miradas cuando levanto los brazos y hago sonar los platos. Y cuando, en una obra en la que me tengo que esforzar especialmente, destaca a algún músico ante el público, siempre suele ser al primer violín o al oboe o a cualquier otro.
Entre el público no gozo de mayor aceptación y apenas se me tiene respeto profesional. Hasta el asistente más inepto en materia musical, aquel que admira el virtuosismo del pianista o las piruetas de las manos del contrabajista creyendo que es genialidad lo que en realidad no es más que simple rutina, se considera a sí mismo capaz de hacer mi trabajo y se pregunta dubitativo si mi sueldo será el mismo que el del fagotista.
Sólo los niños desean mi lugar y sueñan con levantar mis platos con sus pequeñas manos y hacerlos estallar en un sonido vibrante y sentir cómo las ondas les recorren los brazos cosquilleándoles. Sólo en ellos mis ojos encuentran otros ojos que les miran, pero ya apenas se ven niños en los conciertos, o los que acuden, realmente no son niños aunque tengan sus años.
En fin, este desprecio que percibo a mi alrededor, ha acabado por hacer mella en mi propia estima. Ya no me levanto orgulloso las mañanas de concierto para sacar brillo a mis címbalos ni, poco antes de mis intervenciones, me preparo con solemnidad alzando mis brazos para que todos puedan anticipar el momento en que entrechocaré el metal. Al contrario, durante el concierto permanezco sentado, cabizbajo, a la espera de mi turno. Incluso alguna vez me he sorprendido dormitando, lo que ahora me provoca angustia ya que temo olvidar mis intervenciones. Por eso, últimamente, mis manos comienzan a sudar cuando sujeto los platos, a veces creo que se resbalará la sujeción entre mis dedos con el consiguiente bochorno para toda la orquesta. La ansiedad hace presa en mí y estudio la selección de piezas que forman nuestros programas y, cuando en ellas hay poca ocasión para mi lucimiento, siento que el director lo hace porque desea prescindir de mí y esa es su manera de comunicármelo. Cuando las piezas elegidas requieren mis mejores habilidades y recursos, no puedo dejar de pensar que el motivo de su elección es poner de manifiesto mi incompetencia y forzar mi expulsión de la orquesta.
Me veo así, en mis peores pesadillas, convertido en el cimbalista de una orquesta de marchas militares o en la comparsa en las fiestas de un pueblo. En esos sueños horrendos todos los músicos van vestidos con hermosos uniformes de botones dorados a juego con las cornetas y los trombones, pero yo les acompaño cerrando la fanfarria con mi frac negro, mi pajarita negra, mi corbata negra y mi camisa blanca.
Aún recuerdo con orgullo la emoción que sentí en mi primer concierto, tras concluir mi larga preparación en el conservatorio - también yo he completado la carrera musical. Aunque también estaba nervioso y apenas pude comer en todo el día, los nervios que me dominaban eran de una naturaleza muy diferente a los que hoy me afligen. Mis compañeros me acogieron como el novato que era, con bromas y chuflas, y yo les veía como a seres superiores, capaces de sonreír antes de un concierto cuando yo habría sido capaz de salir corriendo dejando atrás mis queridos instrumentos, tan pequeño me sentía. Pero en cuanto salimos al escenario, oí los aplausos del público y sentí su calor, supe que aquella era la profesión que había elegido y que no me había equivocado.
Recuerdo también cómo me levantaba con gran pomposidad separando teatralmente los brazos para hacerme más visible y cómo el aire que levantaba al juntar los címbalos hacía mover el pelo de la coronilla de la arpista. Todo parecía maravilloso y un horizonte ilusionante se adivinaba antes de cada interpretación.
Lejos quedan ahora esos días, sin saber muy bien cuál fue el punto de inflexión, el momento en que mis miedos superaron a mis gozos, en que las miradas ajenas dejaron de parecerme admirativas para tornarse indiferentes o de desprecio, en que, permanecer sentado con la palma de las manos sobre mis rodillas, a la espera de esas tres o cuatro intervenciones de rigor las más de las ocasiones, convertía las horas en algo doloroso e imposible de soportar.
Hoy interpretaremos Ensoñación sobre el Lago y sé que nuestro director lo ha escogido con plena intención. Se trata de una de las piezas que exige más destreza para un cimbalista. Sé también que ésta será mi última noche con la orquesta y que, a partir de mañana, presentaré mi renuncia a la plaza titular y buscaré trabajo como profesor particular de solfeo. Espero así recuperar el gusto y la afición por la música, que siempre fue lo que me motivó durante mis estudios y me ayudó a salir adelante en muchas ocasiones, o perderlo definitivamente y renunciar a cualquier esperanza de alcanzar la felicidad a través suyo.
Por ello, hoy es una noche importante. Lustré mis zapatos, cepillé mi frac y estreno camisa. He bruñido con especial cuidado mis platos y he estudiado detenidamente la luz de la sala - precisamente la misma en la que toqué por primera vez- para inclinar los címbalos en el ángulo adecuado y que así reflejen la mayor cantidad de luz hacia todos los rincones. He repasado la partitura y he practicado en la soledad de un bosque los momentos más difíciles de mi interpretación, aquellos en que debo irrumpir con estruendo pero sin acallar al resto de instrumentos, o aquellos otros en los que debo crear un sinuoso fondo metálico que ayude a resaltar el lirismo de las violas.
Trataré, como siempre, de sacar de mí lo mejor, y espero que a diferencia de estos últimos años, la confianza no me abandone. Así será, y cuando el público nos rinda el último aplauso puesto en pie, yo, el más insignificante músico de la orquesta, saldré a saludar junto al director mientras éste, con falsa ceremoniosidad se vuelve hacia mí, haciendo un leve gesto con sus manos significando que el aplauso debe dirigirse a mí pues mío es el mérito de todo lo que hayan podido disfrutar esta noche.
Por la puerta de los camerinos comienzan a salir ya el resto de profesores y sus cabezas se asoman para saludarme con bromas -esta vez no son las mismas que las de mi primera noche de concierto, ni ellos son los mismos, seguramente tampoco yo lo sea- y oímos el último aviso para salir al escenario. Con cuidado, tomo los correajes de cuero que sujetan mis címbalos y salgo a escena en medio de una pequeña marea de aplausos.