Noticias de este mundo: La mujer maltratada
No es en una ciudad extraña donde nadie se conoce y todo es posible. Ni en un país lejano donde la vida vale tanto como el alimento de una noche. No llegan de allí los ruidos y los golpes. Es en tu casa, en tu salón, sonando más fuerte que la voz del locutor del telediario. Hoy la noticia llega atravesando la pared, surge ante ti, sorprendido de ver la violencia del mundo vibrando fuera de una pantalla. Bajas el volumen para escuchar, apagas también la luz, oyente clandestino. Y lo escuchas más claro y más cerca, y sientes los golpes como una punzada en el estómago, paralizado, atenazado. En ese instante preciso pierdes la noción de tu cuerpo, te elevas, flotas; el miedo es libre y es ágil, se mueve sin pausa, te arrastra al otro lado de la pared.
Y ves un cuerpo caído en un pasillo, la cabeza sobre un pequeño charco de sangre, entre botones arrancados, y escuchas su llanto callado, manso, acostumbrado a repetirse una y otra vez, esperando que algún día llegue el último día. Y ese llanto te cuenta al oído los secretos que nunca quisiste oír, te habla de un niño que duerme en la habitación, ajeno a la furia, que ama a su madre, que quiere ser como su padre (¿llegará a serlo?). Y entre los dientes rotos se escapa un silbido a cuyo son bailas esa terrible y extraña danza de quienes viven atados a esta rutina, a este drama, ante la indiferencia del mundo. No hay barrera más alta ni mejor defendida que la puerta de una casa. No hay secretos mejor guardados que los que se sellan con un golpe certero. No hay mayor fuerza que el miedo y el terror para someter al débil.
Flotando, como en un mal sueño, sigues al hombre saliendo a la calle, dejando un rastro de alcohol barato, jadeando por el esfuerzo. La noche es oscura pero sus pasos son seguros, le guían al bar o a la taberna, a la bodega, a donde quiera que haya otros hombres. Ante el mostrador recupera el aliento, calma su impaciencia, y vaso tras vaso yergue su cabeza para que el mundo vea sus ojos empañados, sus ojos que apenas ya ven, y en voz alta cuenta a sus vecinos de barra, a los que se cruza cada mañana, a los que saluda en el ascensor y a los que cede el paso con educación y respeto, que a él nadie le levanta la voz, que a él nadie le desprecia y que a él se le pone un plato caliente cuando llega a su casa. Y todos le miran, como cada noche, buscando las manchas rojas en su camisa, y todos callan, asintiendo en silencio, encubriendo, cobardes fuera de su casa, valientes dentro.
El asco y la náusea te conducen de nuevo a la calle, donde puedas respirar el aire fresco de la noche, donde puedas arrancarte ese pesado sentimiento. Y recorres el camino de vuelta, contando las baldosas en la acera, retrasando el paso mientras tus pensamientos toman forma y dan salida a la ira y la impotencia. Dan salida a un canto que no viene de ti aunque a través tuyo se exprese, que nace de las gargantas rotas de miles de mujeres. Ese canto surge sereno y confiado, tantas veces repetido, contigo sube escaleras y contigo atraviesa una puerta y contigo se arrodilla ante el cuerpo exhausto, agotado. La melodía se abre paso entre su pelo enmarañado, penetra por sus oídos y retumba en su cabeza de donde ya no saldrá. Y las notas atrapadas acunan su dolor y calman su desesperanza, luminosas notas en este concierto fúnebre, diciéndole así:
"No es hombre el que levanta la mano a una mujer, a un niño o a otro hombre. Su mano, desnuda o armada, no nació para romper vidas sino para guiar el paso, señalar estrellas o dibujar caricias. Árbol del camino, su fuerza es la sombra que procura no la rama que azota. Pero tampoco es un hombre quien sin usar la mano asesta golpes, sin usar sus piernas reparte patadas; con su boca o su mirada hiere como un cuchillo, el filo del desprecio también tiene brillo asesino.
Y si ocurre, si la locura y el desdén, el odio y el trueno se adueñan de un hombre, no lo olvides, sólo tú conoces lo que te depara cada mañana. Has visto esas barcas amarradas a las rocas cuando ruge la tormenta, sus tablas rotas son tus dientes y tus ojos, tu pelo y tus brazos golpeados y dislocados. Corta la cuerda, córtala tú ahora, sal a mar abierto y deja que las olas besen tus heridas, que el sol saque brillo de tus lágrimas y que el aire salado llene tus pulmones de risas y suspiros, ahoga el lamento que asfixia tu alma. Que el agua de lluvia alivie la hinchazón de tus labios y la húmeda brisa refresque el párpado amoratado. Que ningún canto de sirenas te aferre a esta orilla maldita, que nadie te engañe más. Naciste para amar y ser amada y sólo odio recibiste, nada debes, todo te es debido.
Y cuando amarres al abrigo de la tormenta, más sabia y hermosa, más fuerte que el más fuerte de los cobardes asesinos, muéstrate al mundo y enseña a tus hijos que no hay hombre que pueda vencer al viento, que no hay odio más temible que la muerte y que el primer golpe nunca será el último, el último será el que te mate. Que vuelen, que naden, que repten, luchadoras toda su vida, toda la Historia, que luchen por su vida y la amarren lejos de las tinieblas".
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