Memphis Blues Again

domingo, enero 20, 2008

Noticias de este mundo: El hombre que olvidó su nombre

Desde la mirilla, guiñando un ojo –triste ironía, “hasta luego” último- veo cómo sale la viuda, precedida por su hija, tan parecida a ella cuando tenían la misma edad y se conocieron. No se oyen pasos, sólo algún golpe contra la pared anuncia la salida de la caja, el ataúd, el último refugio que sale envolviendo el cuerpo de un amigo, mi amigo.

El ataúd desfila ante mi puerta pero ya no lo veo, como tampoco oigo el llanto de la viuda o el gruñido a deshora, impertinente, del mozo que trata de hacer girar la caja para que pase sin rozar la madera delicada al tiempo que se apaga la luz del descansillo. Nadie parece tener prisa en encenderla de nuevo, la viuda desconsolada espera que otros tomen cuidado de ella, los empleados no pueden dejar su carga, la hija no tiene fuerza de voluntad para un esfuerzo tan grande. Y en la espera, mis ojos descansan, miran al horizonte, más allá de paredes y puertas, más allá de edificios muertos, pero no tan lejos para que a mis oídos no llegue el sonido de la risa de los niños, el golpear de las olas en una inmensa caracola en casa de mis abuelos, o el roce de una tiza en el encerado.

Compañero de escuela y de vida, me seguiste en la tormenta, no para ver dónde acababan mis pasos, sino para guiarme de vuelta si me perdía. Los pasos inciertos de un niño deben ser acompañados por los de otro niño con quien compartir una aventura. Y así, corrimos por campos verdes, tiramos piedras en el río (y a los rosales de las madres) y aprendimos el nombre de sentimientos que otros apenas adivinan. Mano sobre mano construimos ciudades, construimos castillos, y ya con el tiempo, construimos casas, éstas de verdad, con puerta y tejado.

Hermoso es el tiempo vivido si de él sólo quedan recuerdos hermosos. Conocimos mujer y, entre cuatro, fuimos el Mundo. Y llegó una guerra y llegó la paz. Llegó el hambre y la enfermedad, la ropa remendada y la verdura plantada en el alfeizar de una ventana. Y juntos huimos a una ciudad y a otra ciudad donde nos quisieran emplear.

En el descanso nos sentábamos al sol, rama seca eran ya nuestras piernas pero aún nos llevaban de vuelta a nuestras cocinas. Y la mañana más fría llegó por sorpresa y al decir tu nombre no me atendiste, te llamé y no te sentiste llamado. Olvidaste tu nombre igual que olvidarías el mío, el del pueblo en que nacimos y el de las cosas que te rodeaban, las que comías, las que tocabas, cada día con cara de extrañeza descubriendo su uso. Y te guié, como en mis primeros años hiciste tú, en ese nuevo despertar de cada día, cada vez un poco más lejos de nosotros, más cerca de aquellos que fuimos.

Rodeado de atenciones te limpiamos, te hablamos sin esperar respuesta, adivinábamos tus sentimientos y poníamos voz y sentido a tu secreto lenguaje. Cada matiz, cada parpadeo eran observados como un libro abierto, enciclopedia de toda una vida. Cada mañana te visitaba y creía escuchar el eco más lejano, más hueco de mis palabras en tus oídos. Cada vez un poco más lejos de aquellos que fuimos, más cerca de quienes aún no han pisado el verde césped de este mundo.

Y te fuiste, aunque seguiste un tiempo a nuestro lado. Preferiste el sonido del viento afilado a la charla de unos viejos que sólo hablan de recuerdos, preferiste el andar pausado de quien aprecia el milagro que supone cada pequeño paso en la vida, frente a quienes nos quema el tiempo en las manos. Preferiste los sonidos que nadie entiende pero que todo lo dicen pues no se expresa con palabras la humilde verdad que contiene el mundo.

Y te fuiste.

Ya no se oye ruido alguno en la escalera. No abrí la puerta, no hice ruido, espié los movimientos y contuve el aliento para no empañar la lente. No me gustan las despedidas, me excusé ante la viuda con ademán infantil, y ante mí mismo me excusé, tengo miedo, sí, miedo. Un temblor recorre mi cuerpo, nace de las plantas de mis pies y eriza mis últimos y solitarios cabellos, es el miedo quien reclama mi cuerpo y mi voluntad, es el miedo, sí.

Muevo los pies, las piernas que han quedado dormidas y, ya solo, pionero en mi hogar, enfilo el largo pasillo y franqueo lentamente la primera puerta a la izquierda y en las manillas del lavabo un papel sujeto con cinta adhesiva dice caliente, y otro dice fría. Siento el golpe helado en mi estómago y vuelve el temblor a mis manos. Levanto la cabeza y miro donde un papel me dice con letras grandes espejo y observo al hombre que se asoma a mirarme, y me fijo con esmero en la etiqueta que lleva adherida en su chaqueta, con cuidadosas letras escritas para ser leídas de derecha a izquierda, Gonzalo leo en el espejo, lo pronuncio alto y claro, y es como si viviera el bautizo de mi primer día.


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